Aquella mañana Bianca Mercatore se había levantado exultante: el baile no la dejaba pensar en nada más desde que fue anunciado como parte del carnaval de aquel año. Todo ese color, esa alegría, la música flotando sobre los canales, los hábiles bailarines…pero Marco era la gran razón, sobre todo Marco. Ambos sabían que la suya era una causa perdida, que su padre lo tildaría de simple amorío juvenil, que ya le encontraría un marido…pero ella sólo sabía que no podía alejarse mucho tiempo de él, y que cada vez que tenía una posibilidad se escabullía al puerto, a pedirle a algún niño que anduviese por los callejones que fuese a llamarle al astillero para volverle a ver, para perderse juntos y no volver hasta la noche, para ser reprendida después por el aya Doménica mientras pensaba que había valido la pena. Mientras entraba del brazo de su hermano Cesco en el salón de baile alcanzó a ver un rostro conocido en el otro, en el de la gente humilde, que se reunía al otro lado del Gran Canal en la fiesta más popular de la ciudad. Al cruzar sus miradas, Marco esbozó una amplia sonrisa y señaló al callejón más alejado del gentío, a lo que ella contestó asintiendo con alegría.-¿Qué haces, Bianca? - inquirió Cesco-¿Eh? Nada, nada - contestó ella rápidamente, soltándose de su brazo para comenzar la gran danza, que duraría hasta altas horas de la madrugada, con los atentos observadores borrachos como cubas y muchas de las inocentes y virginales muchachas que por allí bailaban entregándose a cualquier mercenario suficientemente atractivo. Pasaba de un bailarín a otro como una abeja vuela de flor en flor, escrutando sus rostros mientras giraban al compás de la música, ignorándolo todo y pensando sólo en cuándo podría huir del gran salón para reunirse con Marco. Y, de repente, su oportunidad se presentó. Cesco parecía haber cautivado a una muchacha de largo pelo rizado, y le clavaba la mirada como si bebiera de sus ojos. Bianca se imaginó que la chica estaría encantada con su hermano. Mientras tanto, su padre estaba hablando con un hombre de vestimenta estrafalaria, probablemente un extranjero en busca de negocios.Ella, por su parte, fue avanzando hacia la puerta principal, por donde salió al frío de la noche de febrero. Se encaminó, a través del puente, rodeando el baile del exterior, hacia el callejón donde se encontraba Marco. Torció cuando vio a dos duelistas enzarzados en una lucha a muerte por alguna razón absurda, y cuando llegó, Marco estaba allí, con un aire preocupado en su rostro, como si la hubiese esperado un buen rato.-Has tardado - dijo él, cambiando su mueca por una media sonrisa-Lo sé, no quería arriesgarme a dejar que mi padre me viese salir - se excusó ella-No entiendo qué problema tenéis los ricos de juntaros con la gente normal - se quejó él-Yo tampoco, caro - dijo ella, al tiempo que él se inclinaba para besarla.Sus labios se unieron, y, sin pensarlo siquiera, metió su lengua en su boca, bailaron como si aún estuvieran en los salones y no en un sucio callejón, y, de repente, Marco se separó bruscamente.-¿Qué pasa? - se sorprendió ella, mientras se estiraba las amplias mangas del vestido-Yo…-murmuró Marco- me…Me voy a ir de Venecia-¿Cómo? ¿Por qué?- se alarmó Bianca -Nápoles lleva meses en guerra, y hoy ha llegado un reclutador buscando mercenarios, y me he dado cuenta de que no quiero ser un aprendiz toda mi vida, quiero conocer la victoria y la gloria, quiero vivir, Bianca.-¿Y yo me quedaré aquí con mis sedas y con mi padre presionándome para que me case con tal comerciante o tal marqués, mientras tu guerreas por ahí, cuando ni siquiera sabes coger una espada?-Bianca, entiéndeme…-¡No quiero entenderte, no quiero saber nada de ti! - gritó, mientras se levantaba airada -¡Partiremos mañana al amanecer! - alcanzó a oír Bianca, pensando que no iría a verleY aún así, al alba del día siguiente, allí estaba, despidiéndose de Marco.-Te juro que volveré, y entonces quizá pueda comprar tierras, y nos iremos al campo.-Sí, claro - dijo, cansada, Bianca.-¡Volveré contigo! - gritó Marco desde el carro que se le llevabaY nunca más le volvió a ver.
Colección de mis relatos cortos
viernes, 11 de noviembre de 2016
Un año más tarde, nuevo intento
Al año siguiente me volví a presentar, y tras bastante tiempo sin escribir nada hice esto para participar en la nueva edición del concurso. Esta no salió tan bien, ni siquiera sé en qué puesto quedé, pero la verdad es que yo personalmente estoy más orgulloso de este que del anterior. Aviso para lectores, este es bastante cursi xD
Mi primer intento de relato corto, febrero de 2015
Como dice el título, este fue el primer relato que escribí en serio, con intenciones de hacer algo de calidad. Obviamente no la tiene, pero se intentó :)
Lo presenté a un concurso de literatura de un pueblo de Segovia, La Colodra, en el que quedé segundo (eso sí, por detrás de un profesional >:c). Una de las normas dictaba que tenía que tener una temática de carnaval, de ahí la ambientación de la historia. Sin más dilación, aquí la dejo:
Lo presenté a un concurso de literatura de un pueblo de Segovia, La Colodra, en el que quedé segundo (eso sí, por detrás de un profesional >:c). Una de las normas dictaba que tenía que tener una temática de carnaval, de ahí la ambientación de la historia. Sin más dilación, aquí la dejo:
Rubén Monzón andaba cabizbajo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. En silencio escuchaba el ruido del tumulto, la música, las diversiones en general de estas fiestas coloridas y alegres que son los Carnavales. Caminaba por el Paseo de las Estatuas, enfrascado en sus pensamientos, siendo observado por siglos de grandiosidad y lujos a través de ojos vacíos, mármol liso que confería a las estatuas un aire siniestro, como restándoles la poca humanidad que a los monarcas allí representados les quedaba tras ser idealizados por un escultor bien pagado que seguía las directrices de alguno de los reyes españoles que querían mejorar la imagen de los bisabuelos de sus bisabuelos. Rubén estaba excesivamente estresado con su trabajo, tanto que había aprovechado la excusa de los Carnavales para tomarse casi una semana libre, colgar la placa y el uniforme durante unos días y relajarse.
Pero ese tipo de comportamiento no estaba en su personalidad, y seguía dándole vueltas al caso que tenía entre manos, aún cuando se dirigía a disfrutar del colorido y el revuelo de los desfiles. El aire festivo en realidad le resbalaba, siempre había sido una persona más bien cerrada y no disfrutaba mucho de las celebraciones en general. Sin embargo, tras cuatro días encerrado en su apartamento necesitaba tomar el aire y hacer algo, aunque lo detestase.
Tras casi diez minutos de avanzar con su paso lento y pesado, logró ponerse detrás de un hombre muy ancho de hombros que sostenía a un niño en sus brazos y hablaba con una mujer bastante más baja que él, probablemente su esposa. Intentó pasar delante de ellos, en un afán de ver algo de lo que llevaba pasando toda la tarde por aquellas calles, y entonces lo vio: un hombre inquieto, algo delgado, con el pelo lacio cayéndole de forma igual a ambos lados de la cabeza. Pensó que era una coincidencia y que no debía de preocuparse y lo dejó estar.
El espectáculo de luz y sonido era muy interesante, más de lo que se había podido imaginar; este año le habían dado una grata sorpresa. Personas enmascaradas y emplumadas subidas en carros luminosos que brillaban en la noche temprana de febrero llamaban la atención de la gente desde alturas que a más de uno le habrían provocado pavor.
Ensimismado con el espectáculo, no se percató de quién pasaba velozmente por su lado, haciendo que su chaqueta temblase con el movimiento. Se giró para lanzar un improperio, irritado sin motivo, cuando vio al hombre de nuevo. Ambos tuvieron suficiente tiempo para reconocerse mutuamente, y ambos reaccionaron rápidamente: el hombre corrió hacia una calle con abundantes árboles a los lados y sin iluminación alguna, donde suelen abundar carteristas y demás rateros por las noches para intentar llevarse algo de algún turista japonés o alemán despistado. Rubén se giró y le siguió a un buen paso, sabiendo que recibiría un ascenso como mínimo si atrapaba al agresor en sus días libres. Aquel hombre había atacado sin razón aparente a dos paseantes, y tras identificarle, se pudo comprobar que tenía antecedentes policiales y un ingreso en un psiquiátrico por repetidos episodios de esquizofrenia.
Rubén sabía que era un sujeto peligroso, pero aún estando de vacaciones siempre iba armado y preparado para todo. Atraparle entrañaba el mismo riesgo estando de servicio que de vacaciones, así que se decidió. Cuando se alejó suficientemente de la multitud empezó a correr tras el sujeto, siempre teniéndole en el límite de su campo de visión, hasta que en un cruce de caminos le dio esquinazo. Pretendió encontrarle por uno al azar, y acertó de la peor manera posible: sintió el contacto gélido de un filo en la base de su espalda y un movimiento brusco que hizo que cayese hacia adelante, no sin antes recibir otros dos golpes, que ya empezaban a perder su frialdad al mismo ritmo al que sus terminaciones nerviosas se apagaban.
El hombre misterioso dejó caer su cuchillo y se guardó los guantes en el bolsillo, observando el cuerpo sin vida del agente Rubén Monzón en el suelo del Parque del Retiro.
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